Tuesday, November 24, 2009

Porque yo lo digo: Una vida mejor a través del Futurismo



Aviso para navegantes.

Este artículo puede llevar a conclusiones equivocadas en aquel lector que no me conozca en profundidad o en aquel que sea sencillamente idiota; es por esto por lo que me gustaría dejar claras un par de cosas:

  • Aunque a veces pueda parecer un filofascista, no comulgo con la extrema derecha. De hecho no comulgo ni con la derecha ni con la izquierda ni con el centro, soy demasiado inteligente y complejo como para que un movimiento político –algo que está necesariamente formulado para la masa- me pueda definir. Mis posibles opiniones del brazo en alto suelen estar motivadas por el placer que me produce tocarle las narices a la opinión mayoritaria y a hacer de abogado del Diablo.
  • No odio a las mujeres. Mis mejores amigos son mujeres y siempre me he llevado mejor con ellas que con ellos. Yo odio a todo el mundo y ello me ha llevado a una tolerancia racial, cultural y genital mucho mayor que la de los que proclaman que aman y entienden a todos los oprimidos y desvalidos del mundo. Otra cosa es que aguante el feminismo, que no lo hago.

Y, ahora, comencemos…



Un siglo ha pasado ya desde que Marinetti sacudiese el mundo con su Manifiesto Futurista, así que he decidido agregar mi nada modesta opinión a la de gente más leída, puede que más sabia y, tal vez, más inteligente que ya ha escrito páginas y páginas sobre el tema.

Si les parece empezaremos haciendo una lectura del Manifiesto Futurista de Marinetti, aunque debo advertir a los lectores más sensibles que procuren no beber, comer o fumar nada mientras leen el noveno punto.


Manifiesto Futurista
Filippo Tommaso Marinetti

1. Queremos cantar el amor al peligro, el hábito de la energía y de la temeridad.

2. El coraje, la audacia, la rebelión, serán elementos esenciales de nuestra poesía.

3. La literatura exaltó, hasta hoy, la inmovilidad pensativa, el éxtasis y el sueño. Nosotros queremos exaltar el movimiento agresivo, el insomnio febril, el paso de corrida, el salto mortal, el cachetazo y el puñetazo.

4. Nosotros afirmamos que la magnificencia del mundo se ha enriquecido con una nueva belleza, la belleza de la velocidad. Un coche de carreras con su capó adornado con gruesos tubos parecidos a serpientes de aliento explosivo... un automóvil rugiente, que parece correr sobre la ráfaga, es más bello que la Victoria de Samotracia.

5. Queremos ensalzar al hombre que lleva el volante, cuya lanza ideal atraviesa la tierra, lanzada también ella a la carrera, sobre el circuito de su órbita.

6. Es necesario que el poeta se prodigue, con ardor, boato y liberalidad, para aumentar el fervor entusiasta de los elementos primordiales.

7. No existe belleza alguna si no es en la lucha. Ninguna obra que no tenga un carácter agresivo puede ser una obra maestra. La poesía debe ser concebida como un asalto violento contra las fuerzas desconocidas, para forzarlas a postrarse ante el hombre.

8. ¡Nos encontramos sobre el promontorio más elevado de los siglos!... ¿Porqué deberíamos cuidarnos las espaldas, si queremos derribar las misteriosas puertas de lo imposible? El Tiempo y el Espacio murieron ayer. Nosotros vivimos ya en el absoluto, porque hemos creado ya la eterna velocidad omnipresente.

9. Queremos glorificar la guerra –única higiene del mundo– el militarismo, el patriotismo, el gesto destructor de los libertarios, las bellas ideas por las cuales se muere y el desprecio de la mujer.

10. Queremos destruir los museos, las bibliotecas, las academias de todo tipo, y combatir contra el moralismo, el feminismo y contra toda vileza oportunista y utilitaria.

11. Nosotros cantaremos a las grandes masas agitadas por el trabajo, por el placer o por la revuelta: cantaremos a las marchas multicolores y polifónicas de las revoluciones en las capitales modernas, cantaremos al vibrante fervor nocturno de las minas y de las canteras, incendiados por violentas lunas eléctricas; a las estaciones ávidas, devoradoras de serpientes que humean; a las fábricas suspendidas de las nubes por los retorcidos hilos de sus humos; a los puentes semejantes a gimnastas gigantes que husmean el horizonte, y a las locomotoras de pecho amplio, que patalean sobre los rieles, como enormes caballos de acero embridados con tubos, y al vuelo resbaloso de los aeroplanos, cuya hélice flamea al viento como una bandera y parece aplaudir sobre una masa entusiasta. Es desde Italia que lanzamos al mundo este nuestro manifiesto de violencia arrolladora e incendiaria con el cual fundamos hoy el FUTURISMO porque queremos liberar a este país de su fétida gangrena de profesores, de arqueólogos, de cicerones y de anticuarios. Ya por demasiado tiempo Italia ha sido un mercado de ropavejeros. Nosotros queremos liberarla de los innumerables museos que la cubren por completo de cementerios.



Venga, tómense un par de minutos para llevarse las manos a la cabeza y para especular sobre si soy un neonazi o simplemente un sonado ¿Ya? Bien, ahora permítanme proponerles algo ligeramente démodé: analizar el manifiesto con frialdad, rigor cartesiano y comprensión plena de las particularidades históricas y sociales del entorno en el que se escribió el manifiesto.


1909, la primera década del Siglo XX, los inicios de esos treinta y pico años –contando desde 1900- que he decidido bautizar como la Era de las Ideas Locas. Occidente entraba en el siglo XX como un mamut epiléptico en una fábrica de porcelana, todo era nuevo, las ideas e ingenios científicos se multiplicaban como piojos y daba la impresión de que la máxima de Arquímedes había quedado obsoleta, abolida por una humanidad hambrienta de progreso. Ya no era necesario un punto de apoyo para mover el mundo, bastaba con imaginarlo y el mundo bailaría al son que eligiésemos.

Italia, un joven reino unificado por los huevazos de Garibaldi ni tan siquiera cincuenta años antes de la publicación del Manifiesto y una de las naciones más prometedoras del nuevo siglo. La guerra había sido clemente con Italia desde la caída del Imperio Romano -incluso las guerras del Renacimiento no eran mucho más que escaramuzas de condotieros y lansquenetes, las verdaderas matanzas en suelo italiano se cobraban las vidas de soldados españoles, franceses y austríacos- y lo seguiría siendo durante bastantes años como demuestra la Guerra Italo-Turca de 1911 en la que, además de inaugurar la guerra aérea, el modesto Reino de Italia arrebata al Imperio Otomano toda Libia, Rodas y el Dodecaneso con un número insignificante de bajas.

El siglo XX era además una negación del melancólico ánimo del XIX. El hombre del siglo XX ya no observaba el horizonte neblinoso apoyado en su bastón, se abalanzaba sobre el vacío con la ciencia como único paracaídas, convencido de que no necesitaría nada más para frenar su caída. Estábamos equivocados, ahora lo sabemos, pero en ese momento tenía su lógica.


Todo esto sin duda ayuda a entender el exceso energético del manifiesto, su nihilismo desmadrado y su belicismo rampante. En aquel momento solo había dos opciones: enmohecer o revolucionar. Los futuristas escogieron la revolución e incluso hoy en día su revolución resulta chocante y difícil de asimilar. Su adoración por la máquina y el ángulo resulta extraña en una época en la que se busca que lo mecánico se mimetice con lo orgánico. Su exaltación del bullicio y la velocidad es la antítesis de los fines de semana en una casa rural. Su amor al peligro no tiene cabida en un mundo en el que se intenta imponer una tasa especial a los alimentos que contienen grasas saturadas.

Su oposición lo femenino es fruto del esquema social-mental de entonces y de la actitud santurrona y beata del feminismo de la época. Paradójicamente su antifeminismo –pero no su misoginia, son dos cosas completamente diferentes- resulta aceptable hoy en día, momento en el que el este movimiento ha potenciado sus características de doctrina excluyente, extremadamente cateta y pedestre, basada en el odio, favorable a la aplicación de medios eugenésicos y con una tendencia preocupante hacia la manipulación de los medios y la creación de lobbies políticos.

Por último, su exaltación de la guerra es perfectamente comprensible en un mundo anterior a la Primera Guerra Mundial. Sinceramente creo que el espíritu del punto 9 tiene más que ver con lo expuesto en Amigos de la Tercera Juerga Mundial y con el recuerdo de la gloria de Garibaldi que con la mentalidad de los fundadores de Blackwater, por ejemplo.


Así pues les invito a que contemplen el Futurismo con los ojos con ojos comprensivos. Admiren su energética vitalidad, su pasión por el movimiento perpetuo y el avance imparable, su desprecio por la cultura de lo muerto y aquello que debilita el alma. Seguramente se sentirán mejor o, como poco, menos hastiados del mundo en el que vivimos.

2 comments:

Maffia Machiaveli said...

Creo que solo un necio le llamaria fascista a usted por valorar las ideas del manifiesto futurista.

Las dos primeras decadas del siglo XX son una cosa que creo que a dia de hoy no se han digerido ni analizado bien. Los logros de ese periodo han quedado ennegrecidos por la violencia del medio siglo.

Es cierto que la valoracion de la "guerra" como concepto positivo es bastante llamativa. Pero en el punk se escupia al publico con el objetivo de despertar y sacudir. DE todos modos es esa corriente de pensamiento que lleva a una persona pacifica a aprender artes marciales, no es que vayas a repartir estopa por ahi de buenas a primeras, pero la vida moderna nos ata a una silla de por vida y es normal añorar la accion de la vida del cazador-recolector, que a fin de cuentas esta impresa en nuestro genoma.

Es curioso como en este relampagueante y cromado principio del siglo XXI ese manifiesto sigue vigente... esperemos ser mas listos que en la centuria anterior y evitar que nuestros logros nos metan en una trinchera mientras llueve gas mostaza

Quemador said...

Yo también lo espero, porque hay ocasiones en las que el presente siglo parece un calco del anterior y, las cosas como son, el siglo XX no será recordado como el siglo más funky de la historia.
De hecho es muy probable que en cinco siglos o así sea recordado como una especie de Edad Media, a menos que vayamos a peor, claro.